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Aprendiendo del pasado – reflexiones de una joven arquitecta sobre los métodos tradicionales y la profesión moderna

Categoría

Artículos

Fecha de publicación

12 de septiembre de 2025
«A veces las cosas no son como uno pensaba que serían. Y puede ser difícil entender por qué. ¿Será que no lo comprendo? ¿Será que no soy buena en esto? ¿Qué es exactamente lo que me falta?«

No a todo el mundo le gusta la artesanía tradicional o la arquitectura vernácula, y está bien. Pero a mí me encantan. Me encanta su belleza, su diversidad: desde las copas talladas en madera hasta la ropa colorida, desde las casas de madera hasta los tejados de hierba. Perder estas tradiciones haría el mundo más pobre y uniforme. Mantenerlas vivas garantiza que el conocimiento, la herencia y la identidad cultural se transmitan a las nuevas generaciones.

Comprender estas tradiciones significa también entender por qué las cosas se hacían de determinada manera. Reflejan la disponibilidad de recursos locales y un conocimiento profundo del entorno. En una época en la que el impacto climático de la construcción es crítico, creo que las tradiciones antiguas tienen todavía mucho que enseñarnos.

Me llamo Ylva Seierstad. Tengo 26 años y soy originaria de una pequeña granja de ovejas en las islas Lofoten, en el norte de Noruega. Me gradué recientemente en arquitectura en la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU).

Siempre me han gustado el dibujo y la historia, y por eso elegí la arquitectura: un campo donde esperaba poder unir ambos intereses. Sin embargo, lo que encontré no fue lo que imaginaba. Durante mis estudios tuve la sensación constante de que me faltaba algo fundamental. Al principio pensé que era yo, que no había entendido cómo debían pensar y trabajar los arquitectos, que no había descifrado el “código arquitectónico”. Más tarde comprendí que lo que faltaba eran herramientas esenciales en nuestra formación, como si la caja de herramientas estuviera incompleta.

En los últimos años, en Noruega ha surgido un movimiento arquitectónico que recupera tradiciones clásicas y vernáculas. Ha generado muchos debates, recibidos con escepticismo e incluso hostilidad en el ámbito profesional, pero con un verdadero interés por parte del público. A través de estas discusiones me di cuenta de qué herramientas me faltaban. No era ignorancia de mi parte: era que la educación moderna en arquitectura no nos las proporcionaba.

Tenía muchas ganas de aprender más sobre oficios constructivos tradicionales y explorar cómo podían aplicarse en contextos contemporáneos. Siempre me ha fascinado lo vernáculo: desde la ropa y los relatos hasta la artesanía y los edificios. Pensaba que las tradiciones históricas tendrían un papel central en nuestra formación. Me decepcionó descubrir que solo se trataban en las clases de historia de la arquitectura. No eran tradiciones vivas de las que aprender y sobre las que construir, sino imágenes estáticas en los manuales. Nuestros proyectos podrían haberse inspirado en ellas, pero rara vez se las consideraba parte de una continuidad. Era como si técnicas, fachadas, ornamentos y saberes fueran tratados como artefactos de museo. No era la única en sentir esta frustración: varios compañeros la compartían.

En cuarto curso tuve la suerte de participar en un taller de arquitectura clásica dirigido por el profesor Branko Mitrović, que llevaba años enseñando esta tradición en el extranjero y la introdujo en Noruega por primera vez en décadas. Estudiamos a Vignola o Palladio, aprendimos a diseñar fachadas con los cinco órdenes clásicos y practicamos técnicas tradicionales de la profesión, como la realización de dibujos finales a mano y su coloreado con acuarela. El taller nació de una pequeña iniciativa, cuando dos estudiantes convencieron al profesor para que les enseñara arquitectura clásica, lo que llevó a un proyecto de biblioteca. De ahí surgió el estudio piloto lanzado en otoño de 2023, en el que solo siete nos apuntamos antes de que se confirmara oficialmente. Al principio yo era escéptica, porque prefiero saber con exactitud lo que voy a hacer, pero estoy inmensamente agradecida de haber participado.

La manera en que abordamos tanto el proceso de diseño como los dibujos me ayudó a comprender mejor la arquitectura que estaba creando. Las referencias ya no eran simples inspiraciones abstractas: las usábamos para resolver problemas concretos en planos y secciones. Si nos encontrábamos con un punto complicado, estábamos cómo lo habían resuelto los edificios históricos. Esto me dio una visión mucho más clara a la hora de diseñar espacios, transiciones, relaciones y perspectivas dentro del edificio.

El trabajo con las fachadas fue lo que más disfruté. Antes sentía que la ornamentación y la belleza visual estaban mal vistas. Esta vez fue lo contrario: importaba que las fachadas se armonizan entre sí y que la jerarquía entre basamento, cuerpo principal y cubierta fuera coherente. Es un lenguaje visual, y teníamos que aprenderlo. Para mí, era justo lo que había estado buscando.

Realizar los dibujos de presentación a mano también fue muy valioso. Me gustó aprender la técnica de la acuarela, pero sobre todo aprecié la sinceridad de esos dibujos. A diferencia de los renders digitales, que pueden parecer demasiado realistas y generar falsas expectativas, los dibujos a mano dejan claro que son interpretaciones artísticas. Mantienen una distancia justa respecto a la realidad, lo que también facilita la conversación con personas ajenas a la profesión.

Trabajar las sombras a mano fue otra revelación. Siempre me había costado imaginar con claridad los espacios, incluso en modelos 3D. Pero cuando tuve que construir las sombras geométricamente, por fin comprendí la profundidad y las proporciones. Calcular y dibujar con mi propia mano me dio un entendimiento que la pantalla nunca me había ofrecido.

Este taller me mostró que existen otras maneras de abordar la arquitectura además de la predominante en nuestra formación. Y aunque se centraba en lo clásico, creo que los mismos métodos podrían aplicarse a otras tradiciones, especialmente las vernáculas.

Para mí es fundamental que estas tradiciones y estos saberes sobrevivan. Y creo que la mejor manera de lograrlo es seguir utilizándolos, no sólo para reparar edificios antiguos, sino también para crear otros nuevos.

Algunos se preguntarán por qué deberíamos mantener vivas estas tradiciones. Es cierto que unas desaparecen y otras surgen. Yo misma valoro el desarrollo de nuevas técnicas. Pero temo que con demasiada frecuencia descartemos las antiguas, no porque ya no funcionen, sino porque se consideran “simples” o “viejas”. Confundimos la complejidad tecnológica con superioridad, pero quienes nos precedieron no eran menos capaces: solo empleaban otros medios. Aún tenemos mucho que aprender de ellos.

Mi interés por las tradiciones vernáculas y clásicas puede resumirse en dos puntos. Primero: su lenguaje estético, su belleza. Quiero que nuestros pueblos y ciudades sigan construyéndose con belleza, porque el entorno en que vivimos influye en nuestro bienestar. Este fue también el objetivo de mi tesis de máster, en la que estudié la arquitectura costera vernácula del norte de Noruega, centrándome en las Lofoten. Analicé volúmenes, composiciones, colores y detalles ornamentales, y los utilicé como base para un plan de desarrollo urbano en mi ciudad natal, Leknes, con el fin de preservar su carácter.

Segundo: me atraen las técnicas en sí. Las casas tradicionales de troncos, comunes en Noruega, son sencillas pero resistentes y fáciles de reparar. También me fascinan los métodos tradicionales de aislamiento. Durante siglos, los noruegos utilizaron lo que tenían a mano: lana de oveja, musgo entre los troncos y alrededor de las ventanas. En el verano de 2024 tuve la oportunidad de experimentar personalmente estos métodos en un taller organizado por la Fortidsminneforeningen (Asociación Noruega para la Conservación del Patrimonio). Estos sistemas me recuerdan que no siempre necesitamos materiales sintéticos; a veces los tradicionales son suficientes. Crecí en una granja de ovejas y he visto cómo gran parte de la lana se desperdicia porque se valora poco. Recuperar estos usos podría marcar la diferencia.

¿Sabías que…?

En Noruega, las paredes se aislaban tradicionalmente con lana de oveja y musgo colocados entre los troncos y alrededor de las ventanas. Estos materiales naturales ofrecían un excelente aislamiento mucho antes de que se popularizaron el plástico y los materiales sintéticos.

A pesar de la larga tradición ovina de Noruega, gran parte de la lana hoy se desecha como residuo debido a su bajo valor de mercado. Recuperar su uso en la construcción podría reducir los residuos y reforzar las prácticas tradicionales.

Las casas tradicionales de troncos en Noruega están diseñadas de manera que los troncos o secciones individuales puedan sustituirse fácilmente en caso de daño, lo que las hace a la vez sencillas y extraordinariamente duraderas.

Durante mis estudios a veces sentí la presión de inventar siempre algo completamente nuevo, en lugar de aprender de tradiciones ya consolidadas. Pero no tenemos que reinventar la rueda en cada proyecto. La innovación es importante, pero no debería significar descartar lo antiguo. Los métodos tradicionales y los lenguajes estéticos son herramientas, y los estudiantes deberían aprender a utilizarlas, no solo en las clases de historia o de restauración, sino también en el diseño de nuevos edificios.

Ahora que he terminado mis estudios, me encuentro incierta sobre el camino a seguir. La profesión es difícil, sobre todo para alguien como yo, que intenta tener un pie en la modernidad y otro en la tradición. Pero sé que quiero ayudar a tender ese puente. Un breve curso de restauración de ventanas, seguido este verano, fue un primer paso. En septiembre de 2025 me uniré a un proyecto en Austria con los European Heritage Volunteers, trabajando en la documentación de ladrillos y tejas históricas. A partir de ahí, espero encontrar mi camino, aprendiendo de los artesanos, honrando las tradiciones y ayudando a llevarlas al futuro.

Ylva Seierstad

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