Virgil Declercq: ¿Quién mantiene vivo el patrimonio cultural?
Entre memoria y transmisión: por qué los oficios artesanales son indispensables para el patrimonio europeo
Cuando hablamos de patrimonio, pensamos primero en las obras de arte, los monumentos, los castillos o los centros históricos. Con menos frecuencia pensamos en los saberes y conocimientos técnicos sin los cuales estos lugares no podrían conservarse, restaurarse y transmitirse. Sin embargo, el patrimonio construido y los oficios artesanales son indisociables y se enfrentan a amenazas comunes: falta de mantenimiento, abandono, demolición, pérdida de conocimientos y falta de conciencia colectiva.
Con motivo de las Jornadas Europeas del Patrimonio, hemos conversado con Virgil Declercq, recientemente graduado en Arquitectura y actualmente estudiante de Derecho. Fundador de la Communauté Historia, miembro del consejo de administración de la Union des Artisans du Patrimoine (UAP) y autor del libro HÉRITAGE, defiende una visión del patrimonio que no se limita a conservar el pasado. Con él hemos hablado de territorio, de materiales locales, del papel esencial de los artesanos y del lugar que pueden ocupar las nuevas generaciones en esta transmisión.
El patrimonio, ¿una pasión de juventud?
Te comprometiste muy pronto con la defensa del patrimonio. ¿De dónde nace este interés?
Desde la adolescencia me atrae el patrimonio, pero no únicamente por su dimensión histórica. Muy pronto empecé a interesarme por su materialidad, por los oficios que lo mantienen vivo y por la manera en que se transmiten los saberes. Los encuentros con artesanos me hicieron comprender que detrás del patrimonio también hay cuestiones sociales, éticas y económicas, así como una reflexión sobre los materiales locales.
Empecé mis estudios de Arquitectura en Lieja y después cambié varias veces de facultad porque quería ampliar mi perspectiva e ir más allá. También realicé formaciones en Polonia y España para conocer a otros profesionales y descubrir distintas concepciones del patrimonio. No quería considerarlo como algo que se coloca en una vitrina o se encierra en un museo, sino como una realidad viva, vinculada al territorio y con una dimensión europea.
Los estudiantes de Arquitectura pueden terminar su formación sin haber conocido a un artesano en el marco de sus estudios.
Repensar el territorio
recorre en parte mis primeros años de estudios de Arquitectura y los interrogantes que los acompañaron. En él cuestiono la manera en que observamos el territorio, pero también determinadas ideologías y estereotipos que siguen influyendo en la enseñanza de la arquitectura.
Critico especialmente el lugar todavía predominante que se concede al modernismo y a la idea de la tabula rasa, sin que estas referencias se sitúen siempre en su contexto. Nunca se habla de arquitectura vernácula. Los estudiantes de Arquitectura pueden terminar su formación sin haber conocido a un artesano en el marco de sus estudios. Rara vez tienen la oportunidad de aprender de quienes conocen de primera mano los materiales, las técnicas tradicionales y su relación con el territorio.
De este modo, la arquitectura se ha desconectado en gran medida de las realidades locales, de sus oficios y de sus formas de transmisión. Sin embargo, las decisiones arquitectónicas nunca son neutrales: decidir conservar o demoler, recurrir a recursos locales o a materiales importados, trabajar con artesanos o recurrir sistemáticamente a la subcontratación tiene consecuencias sociales, económicas y medioambientales. En este sentido, la arquitectura es profundamente política. Tomar conciencia de esta dimensión permite comprender mejor la responsabilidad del arquitecto y el papel que debería desempeñar en la sociedad.
El quiosco de Fosses-la-Ville: defender un patrimonio popular
Entre los ejemplos de patrimonio amenazado que presentas, ¿cuál te ha marcado más?
El quiosco de Fosses-la-Ville, porque no se trata ni de un castillo ni de una gran iglesia, sino de un patrimonio popular. Este quiosco formaba parte de la vida del Carnaval de la Lætare, la gran cita folclórica de la ciudad. Los habitantes se reunían allí, los niños subían a él y el rondeau final se celebraba a su alrededor. Desempeñaba una verdadera función social en el corazón de la ciudad.
Cuando se vio amenazado de demolición en el marco de la remodelación del centro, consideré que no podíamos quedarnos de brazos cruzados. Me puse en contacto con algunos vecinos y recurrimos al Consejo de Estado. Esta movilización permitió cuestionar las decisiones adoptadas y defender la conservación del quiosco.
Esta historia ilustra un problema más amplio: el patrimonio cotidiano se considera a veces secundario, a pesar de que es portador de la memoria colectiva y constituye un lugar de encuentro para la población.
Detrás de cada edificio, todo un conjunto de oficios
Si tuvieras que destacar un solo oficio o saber vinculado al patrimonio, ¿cuál elegirías?
Ninguno, porque no debería ser necesario elegir. Todos estos oficios forman un conjunto. Cuando entramos en una iglesia o en un edificio antiguo, no debemos fijarnos únicamente en su función o en su apariencia. Hay que intentar comprender cómo fue construido, cómo ha evolucionado y qué sigue transmitiendo hoy en día.
Descubrimos entonces los materiales locales, los artesanos, la economía del territorio y la dimensión social del edificio. Una iglesia, por ejemplo, no es únicamente un edificio religioso. También puede considerarse una casa común, moldeada por los oficios y los recursos de toda una comunidad.
Hoy en día, muchos proyectos se basan en la subcontratación y en materiales importados desde lugares muy lejanos. Al mismo tiempo, las canteras cierran y determinados saberes y técnicas son cada vez más difíciles de encontrar. A veces aislamos edificios antiguos con materiales derivados del petróleo, sin tener en cuenta su funcionamiento original. Es una realidad que afecta a toda Europa. Por ello, es necesario concienciar más a los arquitectos y a los responsables políticos sobre su responsabilidad en la preservación de los oficios y las cadenas de producción locales.
«Los artesanos son el futuro de Europa»
¿Qué has aprendido del contacto con los artesanos del patrimonio?
Creo que los artesanos representan una parte del futuro de Europa. En un contexto marcado por la inteligencia artificial, las crisis medioambientales y la creciente escasez de recursos, los oficios manuales y técnicos serán todavía más esenciales. Debemos restaurar más los edificios existentes, ahorrar materias primas y volver a aprender a trabajar con los recursos disponibles localmente.
Pero esto requiere una verdadera política de formación y un mayor reconocimiento de estos oficios. Desde hace veinte años, los artesanos oyen hablar de simplificar su acceso a la contratación pública y de fomentar una contratación más responsable, pero los avances siguen siendo insuficientes. Necesitan medidas concretas, especialmente una presencia mucho mayor de sus oficios en la enseñanza secundaria, técnica y profesional.
La casa de los artesanos está ardiendo. Ya no basta con hablar de ello: hay que actuar.
La casa de los artesanos está ardiendo. Ya no basta con hablar de ello: hay que actuar.
¿Los jóvenes están redescubriendo realmente la artesanía?
Tu generación parece mostrar un nuevo interés por el trabajo manual, los procesos que requieren tiempo y la transmisión. ¿Compartes esta impresión?
Todavía no del todo. Los jóvenes pueden sentirse atraídos por la imagen de la artesanía o de la arquitectura tradicional, pero no siempre tienen acceso a lo que realmente representan. El patrimonio puede entonces quedar reducido a una visión nostálgica del pasado, cuando debería ayudarnos a responder a los desafíos del presente.
En este sentido, me identifico con el pensamiento de Bruno Latour, que cuestiona la oposición entre modernidad y tradición. Romper con los saberes, los materiales locales y los vínculos que nos unen a un territorio no representa necesariamente un progreso. Por el contrario, preservar y transmitir no significa refugiarse en el pasado: puede permitirnos responder de manera muy concreta a los desafíos sociales, económicos y medioambientales de hoy.
El problema se debe en gran medida a la formación. Los jóvenes arquitectos pueden terminar sus estudios sin haber conocido a un artesano, visitado una obra de restauración o trabajado directamente con los materiales. Por lo tanto, no llegan a descubrir ni la dimensión social de estos oficios, ni su lógica económica, ni su relación con el territorio.
Hay que permitir que los jóvenes experimenten, que trabajen con sus propias manos y que conozcan a quienes poseen estos conocimientos. De lo contrario, corren el riesgo de quedarse únicamente con una imagen, cuando lo esencial está en la práctica, la materia y la transmisión.
Salvar el patrimonio es defender el presente
¿Cómo podemos hacer comprender a los jóvenes que el patrimonio no se reduce a unas cuantas piedras antiguas?
Hay que hablar de realidades concretas: de economía local, de empleo, de turismo, de materiales y de transmisión. Invertir en patrimonio genera trabajo para artesanos, empresas, hoteles, cafés y para todo un territorio. Por tanto, su conservación no concierne únicamente al pasado. Tiene efectos directos sobre nuestra vida presente y sobre nuestra capacidad para construir el futuro.
Europa ha perdido una parte de su independencia industrial y energética. Su cultura, sus territorios y sus saberes siguen siendo algunos de sus recursos más valiosos. Su protección debe pasar por una verdadera política europea del territorio y de la formación.
Mi visión puede considerarse conservadora, pero no es nostálgica: defiende el presente. Busca proteger lo que queda y a quienes todavía lo mantienen vivo. Antes de querer salvar las hojas del árbol, hay que empezar por preservar sus raíces.
*Bruno Latour (1947-2022), sociólogo, antropólogo, teólogo y filósofo francés de la ciencia.
Regina Garcia Nuñez